martes, 7 de julio de 2020

Ema: Una orgía del egoísmo

julio 07, 2020 0

Por Carolina García. 

El arquetipo de la perversión femenina sembrado en el cine tiene uno de sus antecedentes a inicios de la industria hollywoodense con la creación del personaje de Theodosia Goodman, más conocida como Theda Bara, bajo el cobijo de “La mujer más perversa del mundo” que en 1914 funcionó como publicidad para la atracción de las grandes audiencias a salas. El contexto en el que surge esta irrupción mal consumada del estereotipo femenino es todavía muy conservador, pues las vampiresas que emergían en el séptimo arte y que posaban frente a cámara con pocas telas sobre su cuerpo o que simplemente se proclamaban en pro de su propia liberación sexual, seguían teniendo finales moralizadores. 

A través de un retrato urbano que ya ha desechado elementos tradicionales de la construcción social, Pablo Larraín narra una orgía del egoísmo humano creada por el magnetismo de Ema (Marina di Girolamo) y la atracción que provoca en sus personajes secundarios para succionar y devolverles apenas y una gota de la sangre que ya bebió de ellos. 

Situada en Valparaíso, Chile, Ema es una bailarina de danza contemporánea casada con un coreógrafo de nombre Gastón (Gael García Bernal) que se separa temporalmente de él tras la adopción fallida de un niño de seis años. Sin soportar la idea de no ser madre porque su pareja es infértil, la bailarina busca llenar el vacío que le dejó el abandonar a su hijo adoptivo, y sanar su culpa, a través de la relación que establece con los nuevos padres de Polo con engaño, su propia satisfacción y en medio del gusto generacional por el reggaetón.

El rodaje de 105 minutos se desdobla entre una infinidad temática: el significado del reggaetón en una época que quizá no es tan liberal como la publicidad le ha hecho creer, todavía hoy, el género sobrevive con un montón de estigmas a su alrededor, como la cosificación de la mujer, la ilusión de libertad, el escándalo que genera por hablar explícitamente del coito como seres incivilizados; la deconstrucción de la familia tradicional; la rivalidad entre mujeres derrumbada por la fraternidad; la relación de pareja; y la pasión que se imprime más que en cualquier otro personaje, en el de Ema. 


Di Girolamo hace una labor actoral que contrasta con la inverosímil y fuera de tono por parte de Gael García, sin ser repudiada por el espectador, Ema nos seduce, nos lleva de un lado a otro con pequeños susurros de sus planes, y termina sin farsas ni culpas, sin hipocresía ni moraleja y con un montón de confusión hacia un personaje no parcelado. 

El rodaje también abre interrogantes sobre detalles que se vuelven catastróficos cuando, en medio de la alianza femenina, Ema sucumbe ante los celos (?) y toma por los cabellos, y desnuda, a Paula Luchsinger, quien después de pasar una noche de placeres estimulantes y carnales al lado de Gastón, es despojada de la cama donde dormía con la supuesta ex pareja de su amiga. Error o no, la ensoñación que configura Larraín escenifica, bajo incontables telones, a la sociedad que ─construimos─ o que nos construyeron (?), a la hipócrita liberación, a la falsa (?) hipersexualización. 

Así, el chileno cuenta su relato para el desconcierto. El mundo que recrea alcanza el orbe onírico cuando, acompañado por la musicalización de Nicolás Jaar, se observa el escenario en el que el personaje principal es una esfera gigante de textura hipnotizante que deambula por una gama de colores como su protagonista que a veces es llamarada y otras, desdén. 

Ema desfiló en la Selección Oficial 76 del Festival de Venecia en 2019 y se estrenó en México en recintos culturales como la Cineteca Nacional. Actualmente se encuentra disponible únicamente en plataformas chilenas y MUBI.


martes, 5 de mayo de 2020

Retrato de Una Mujer en Llamas | Reseña

mayo 05, 2020 0

Por Carolina García. 

El largo y dulce escalofrío que provoca el amor ha sido eternamente plasmado por la oleada artística. A su modo, la directora francesa, Celine Sciamma, hizo suyo aquel sentimiento para dibujarlo en el séptimo arte con Retrato de una mujer en llamas (Portrait de la jeune fille en feu), rodaje que le valió desfilar por la alfombra de la 72° edición del Festival de Cine de Cannes en 2019.

El relato de amor, situado en Bretaña del siglo XVIII, narra la pasión desatada entre una artista y su musa. Noémi Merlant encarna a Marianne, una pintora a quien se le encarga cruzar aguas marinas para retratar a Héloïse, interpretada por Adéle Haenel, quien acaba de salir de un convento para consumar un matrimonio arreglado con un hombre milanés desconocido. Como la prometida se niega a posar porque no quiere casarse, Marianne dice ser su dama de compañía y trabaja la pintura sin que ella lo sepa. Así, la pareja se conoce durante caminatas sobre la arena a la escucha del mar y un intenso cambio de miradas. 

La directora hace un recorrido por la construcción de un romance con deseo, seducción, atracción mutua, clímax mental y físico hasta su despedida. A pesar de que pareciera ser un tema ya visitado, la disimilitud es que las protagonistas no se sienten avergonzadas por sentirse atraídas, se aceptan como deseantes y deseadas de otro humano. Ambas se saben amadas e intentan no ser una posesión, ni poseedora de la otra. 

A pesar de que los dos personajes principales son del mismo sexo, no deja de existir una diferencia entre ellas: la experiencia. La caracterización de cada una es bien definida, Marianne ha probado placeres que su amada no, sin embargo, ella no se aprovecha de la situación, no es la figura pedante que se vanagloria por erudición o talento, al contrario, ofrenda su conocimiento. Por su parte, Héloïse se rodea de melancolía, toda ella se envuelve del color azul de sus ojos y de su propia indumentaria para representar la tristeza y coraje que por dentro lleva, resultado de las costumbres a seguir en aquella época, y que todavía permean: la sumisión femenina.


Sciamma hace que las mujeres se apoderen de la pantalla, pues fuera de las dos apariciones de personajes masculinos, esta es una película que expresa el ser mujer desde la configuración de un elenco con gran presencia de ellas. Aborda no sólo la deconstrucción del ser amada y deseada por un hombre, sino el rechazo de ser madre. Esta irrupción es desdoblada en piel de Luàna Bajrami, quien da vida a Sophie, la joven que se encarga de los quehaceres de la residencia de la prometida, queda embarazada y, acompañada siempre por Marianne y Héloïse, busca la manera de abortar. Así, las tres crean una unión de protección y complicidad en pocos días.

El espectador es capturado por la belleza pictórica retratada por Claire Mathon, quien, en su labor fotográfica, hace una construcción artística de tomas que parecen pinturas convirtiendo el retrato visual en una experiencia de goce, tal como lo hizo con el mar de Atantique (Mati Diop, 2019), el cual luce como cuadro salido del impresionismo de la segunda mitad de los 1800. 

Es innegable que la película se resuelve desde el principio, pues la estructura narrativa en forma de elipse anuncia que los caminos de los personajes se bifurcan. La directora antela el final desde un inicio y en la misma narración tampoco dejan de existir detalles exagerados, como la insistencia de la pintora en saber sobre Héloïse sin haberla conocido ¿o será ésta mera curiosidad propia del artista? 

Retrato de una mujer en llamas fue galardonada en Cannes por Mejor Guion, y por los Premios Cesar en la categoría de Mejor Dirección de Fotografía, además, formó parte de las nominadas a Mejor película de Habla no inglesa en los BAFTA, así como en los Golden globes. Actualmente ya puede disfrutarse a través de plataformas digitales como Filmin. Consulta sus opciones disponibles.



martes, 21 de abril de 2020

Mujercitas | Reseña de una historia anacrónica

abril 21, 2020 0


Por Carolina García. 

En 1868 la preocupación social no era parte de la agenda femenina, el arquetipo, más bien, naufragaba en la acentuación de una belleza moldeada por grandes y elaborados peinados, corsés y faldas para la satisfacción visual de la llamarada masculina. En medio de ese orbe con limitantes por género, la estadounidense Louisa May Alcott publica Mujercitas, una novela sobre cuatro hermanas durante su transición de la infancia a la adultez. 

La aventura narrada por Alcott ha sido multi-adaptada al mundo audiovisual (cine, televisión y animación), escabulléndose hasta el 2020 con la realizada por la directora Greta Gerwig quien se encargó de fragmentar la línea cronológica de la historia para hacerla a través de flashblacks y con una estructura narrativa elíptica. 

La trama se desarrolla durante la Guerra Civil (1861-65) situada en Estados Unidos, donde el padre de las hermanas March, Jo (Saoirse Ronan), Amy (Florence Pugh), Meg (Emma Watson) y Beth (Eliza Scanlen), participa en el frente, mientras que las niñas, junto a Marmee, interpretada por Laura Dern, sobreviven a la escasez económica. 

El valor argumentativo deambula por la caracterización de los personajes femeninos, con alta conciencia social y sobre todo artística a pesar de la época en la que viven, donde las mujeres eran mayormente relegadas del pensamiento crítico y en vez, educadas para la labor doméstica y el papel de una “buena esposa” y “buena madre”. 

En esta adaptación, Gerwig transmite con mayor denotación el vínculo de las hermanas March y, más aún, se vislumbra la ambición de Jo y Amy como artistas, además de observar su relación con hostilidad y competencia, que al final se resuelve con la maduración de ambas. Sin embargo, la participación de Marmee no da lugar al entendimiento de una madre como una de las claves para el desarrollo del pensamiento de sus hijas (a diferencia de la Margaret que hace Susan Sarandon en Mujercitas del 94, por ejemplo) aunque no faltan los diálogos explicativos, en papeles secundarios, que sustituyen la actuación de Dern y Bob Odenkirk. 


En tanto a Saoirse Ronan, como personaje principal, muestra una mujer que excluye casi por completo los parámetros dulces con los que debe cumplir, parámetros impuestos por meras construcciones sociales a favor de un sistema establecido por unos cuantos. ¿Es éste el resultado de una época de auge y, sobre todo, apoyo al movimiento feminista? Con certeza el desdoble actancial de Ronan se deriva de su talento anteriormente visto ya desenvuelto como una rebelde en la misma cinta que protagonizó y que fue dirigida por Gerwig, Lady Bird (2017). 

Ronan —logra— proyectar una mujer fuera de los paradigmas femeninos con naturaleza, plasma un carácter fuerte sin ser derribado por la sumisión, aunque es casi imposible despojar a Jo de su feminidad por completo, cuando la vemos cortar su cabello para conseguir algo de dinero y luego de horas, en medio de la nocturnidad, cae en lamento por la pérdida de un atributo que ha sido inculcado como uno propio de la mujer y considerado como símbolo de seducción (una escena casi igual a la realizada por Gillian Armstrong en 1994).

You need to marry well… Opuesto a la deconstrucción de las hermanas, la tía March, encarnada por Meryl Streep, se sitúa en el otro polo: la felicidad se consuma a través de la economía, al lado de un buen hombre y sin grandes posibilidades para sobresalir como mujer. Streep proyecta sin recato los defectos de un personaje conservador y tradicional, sin adquirir un papel antagónico, pues este “antagonismo” es otorgado al tiempo, al interrumpible crecimiento de las March. 


Y la cinematografía… El francés Yorick Le Saux fotografía Little Women con tomas mayormente estáticas no desconcentra en movimientos innecesarios fuera del tinte fílmico. Visualmente, la colorimetría se torna cálida al mostrar un pasado atiborrado de esperanzas, de ilusiones para el porvenir, de una vida atravesada por el arte y por la familia aún unida; al contrario de los recuerdos de Jo, la pantalla enfría cuando la observamos en el presente, un presente funesto tras la transición de la pérdida de su hermana Beth, la soledad y la confusión. 

El film de 135 minutos escarba un sentimiento femenino que continúa después de más de un siglo. El relato no señala culpables de la desintegración social de la mujer (o al menos no presentes en el rodaje) y, al contrario, involucra a los personajes hombres que rodean a las hermanas como parte de la unión.

Mujercitas fue nominada a seis Premios Oscar en su edición número 92 por Mejor película (Amy Pascal), Mejor actriz (Saoirse Ronan), Mejor actriz de reparto (Florence Pugh), Mejor guion adaptado (Greta Gerwig), Mejor diseño de vestuario (Jacqueline Durran) y Mejor banda sonora original (Alexandre Desplat), galardonada por Mejor diseño de vestuario.


miércoles, 15 de abril de 2020

Honey Boy | Opinión

abril 15, 2020 0

Por Eduardo León.

Todavía recuerdo mis clases de psicoanálisis en donde se hablaba sobre el complejo de Edipo, la castración simbólica, las huellas mnémicas y un largo, largo etcétera. En cada sesión se nos advertía que no íbamos a llegar a una respuesta absoluta, al contrario, íbamos a taladrar nuestra cabeza y salir deprimidísimos del salón de clases. Era lógico, porque al intentar comprender el psicoanálisis, uno siempre piensa en el pasado y las cosas se ponen bien densas.

Pero bueno, una tarde comentábamos sobre lo difícil que es volverse adulto. Llegar a esa etapa en donde aparentemente somos más conscientes y cargamos con nosotros un fardo de responsabilidades. Y no me refiero a pagar el alquiler, apoyar a la familia o desarrollar una tesis para lograr titularte; sino a la responsabilidad del sujeto, aquel que arrastra una historia con cicatrices invisibles, cuyo relato familiar se manifiesta en su perfil psicológico y en las relaciones sociales.

Entonces reconocíamos la valentía del adulto en enfrentar esa serie de situaciones de la infancia, a través de él mismo y la práctica psicoanalítica. Cuando lo que aqueja se vuelve consciente, ¿cómo se lidia con ello? ¿Qué hacer frente a nuestros corajes, miedos e inseguridades? ¿Cómo asumir la responsabilidad de nuestro padecimiento? La profesora nos sugirió re significar el malestar, convertirlo en símbolo, hacer algo con todo eso. 

El actor Shia Labeouf tuvo que enfrentarse a este conflicto introspectivo y escribió el guion de Honey Boy; la película con la que busca redimir la caótica e ignorada niñez que vivió a lado de su padre. Diagnosticado con Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT), Shia Labeouf en 2014 ingresó a un centro de rehabilitación para dejar a un lado sus adicciones. Dentro de ese contexto, Labeouf decidió iniciar con las primeras líneas de la historia, vista como un proceso de sanación.

De la misma forma y dentro de la trama, Otis, el protagonista de Honey Boy interpretado por Lucas Hedges y Noah Jupe, es llevado a un retiro donde recibe terapia y debe escribir una lista de recuerdos que le permitan confrontar la imborrable infancia que sobrellevó con su padre James Lort; un hombre alcohólico, violento y reprimido, encarnado por el mismísimo Shia Labeouf. 


La amistad que el actor mantuvo siete años atrás con la documentalista Alma Har’el, permitió que ella fuese la directora de la película escrita y actuada por Labeouf, siendo esta su primera obra de ficción. En entrevistas, la cineasta israelí menciona la importancia de la confianza en el set de filmación y lo orgánico que resulta este proceso al conocer más a detalle la vida de cada uno de los implicados en el rodaje. 

El lazo de confianza e intimidad entre Shia Labeouf y Alma Har’el, se evidencia en cada encuadre durante todo el largometraje. El rumbo de la historia es envuelto por una fotografía de cámara en mano resaltando una escala de cálidas tonalidades que nos llevan a un verano de 1995. Este mismo acercamiento en la cinematografía, junto con un texto biográfico-narrativo, van directo al grano y plantean, en un ritmo muy acelerado, el tema y conflicto en la cinta. Una problemática que en su conclusión resulta ser sumamente devastadora, y más aún, para todos aquellos que arrastramos algún rencor con nuestros adorados y complicados padres.

Honey Boy establece la interrogante de ¿cómo criar a un hijo, si uno mismo ni siquiera ha podido lidiar con sus mismos problemas? Pues el presente del protagonista está fuertemente atado, como un arnés en la espalda de Otis, que lo lleva a regresar constantemente al pasado para entender los patrones, las manías y el comportamiento nocivo heredado por su figura paterna.

Por ahí he escuchado decir que “somos el reflejo de nuestros padres” y el protagonista lo asevera en el siguiente diálogo: “La única cosa que mi papá me dio y tenía valor, ha sido el dolor”. Con esas expresiones, la historia se humaniza y genera empatía; Labeouf encuentra en el largometraje, un medio y discurso catártico donde asume sus responsabilidades como adulto y re significa el malestar con el que ha batallado durante varios años.

“Todos nosotros tenemos un rencor. Tenemos a alguien que nos ha jodido”, se menciona dentro de la película. ¿Qué podemos pensar al respecto? Al menos yo me mantuve en silencio durante unos minutos recordando los buenos y malos ratos que he pasado con mi viejo y con toda mi familia. Al final, yo creo que la intención de Honey Boy, y el aliento de Shia Labeouf al contar ese fragmento de su vida, es hacernos conscientes de las frustraciones y el lazo ambivalente que llegamos a construir con nuestros seres más amados.


miércoles, 8 de abril de 2020

El Diablo Entre Las Piernas | Crítica

abril 08, 2020 0

Por Eduardo León.

Dentro de una casa en lo que parece ser una olvidada y viciosa Ciudad de México en los sesentas, un matrimonio sobrevive; cruzan miradas, se confrontan, se olvidan, se reconocen y se aman. Ella de nombre Beatriz y él, El viejo, son dos ancianos que han compartido los mejores y peores ratos de una vida mallugada por los celos, el machismo, la violencia y el más húmedo y arraigado deseo.

Arturo Ripstein, aquel veterano del cine que ha dirigido cintas como Tiempo de morir (1966); El castillo de la pureza (1973); El lugar sin límites (1978); Profundo carmesí (1996); La calle de la amargura (2016), entre otros títulos de su vasta filmografía. Este año vuelve con El diablo entre las piernas; una extensión más de aquel México desesperanzador habitado por personajes miserables y hundidos en su propia existencia. 

Estas realidades grisáceas como el autoritarismo paterno, la homofobia, la prostitución o el amor, que el cineasta de 76 años busca retratar; nos acercan a la intimidad de situaciones, conflictos y personalidades al borde del precipicio anímico que subsisten en una ciudad mala y asfixiante.

Dentro de este mundo abatido y como un vistazo a una rugosa fotografía, El diablo entre las piernas es una historia poco reflejada en las pantallas de cine, sobre la relación nociva y cotidiana de dos viejos humanos. Dos almas atadas a sus agrietados e imperfectos cuerpos y alterados por el tiempo, así como por su extraño amor. 

El planteamiento de la película busca visibilizar la naturalidad corpórea en el individuo mayor, todavía repleto de jóvenes e inquietos deseos. Aquella naturalidad se menosprecia y se mira distante desde nuestra fuerza y distracciones psicodélicas o etílicas; sin embargo, Ripstein nos arrastra a ese submundo polvoriento y de una forma cruda y explícita, empapa de vitalidad a aquella edad en la que el cuerpo sigue añorando sexo, caricias, afecto y sueños.


El diablo entre las piernas funciona desde tres pilares esenciales y bastante experimentados. Por un lado, observamos una imagen en blanco y negro (del cinefotógrafo Alejandro Cantú), que nos remite al cine de mediados del siglo XX; los planos secuencia ya característicos de Ripstein, nos pasean por un territorio caótico y en decadencia donde conviven los personajes.

En el otro extremo se encuentra la solemnidad literaria con la que Paz Alicia Garciadiego (cónyuge de Artur Ripstein) escribe el guion de la película. Mismo, que embellece la narrativa visual con diálogos coloquiales, propios en el lenguaje e ideología de los ancianos protagonistas, encarnados por Sylvia Pasquel y Alejandro Suárez; sin olvidar a Patricia Reyes Espíndola, Greta Cervantes y Daniel Jiménez Cacho, quienes conforman el tercer gran pilar de talento que articulan esta puesta en escena.

Ripstein continúa mostrando su presencia en la industria cinematográfica, a través de un matrimonio caduco, desnudos explícitos, violencia verbal y una atmósfera deprimente, añejada y cautivadora. Lo que convierte a El diablo entre las piernas en un documento que evidencia las problemáticas, la cotidianidad y el derecho al placer en el desconocido territorio de la vejez. 

La película se acomoda dentro del cine clásico y apreciativo donde podemos ver reflejados la posible intimidad de nuestros abuelos, vecinos o amigos de la familia. Es una cinta inteligente con personajes meticulosa y psicológicamente bien definidos, en donde hallamos más de las relaciones contemporáneas, que del vínculo entre Beatriz y El viejo.

Lo que nos lleva a cuestionar la búsqueda del amor ideal que dure toda una vida; así como pensar en los celos, los abusos, las complejas y autodestructivas relaciones humanas, como remolinos cíclicos que se repiten y modifican década tras década. Se tenía que tratar de otra joyita más en el cine de Arturo Ripstein.


martes, 7 de abril de 2020

El Hombre Invisible | Reseña

abril 07, 2020 0

Por Diego Rodmor.

Leigh Whannell se ha posicionado ya como uno de los cineastas más interesantes del género con El Hombre Invisible, libre adaptación al cine del famoso texto de H. G. Wells que cuenta con una estructura impecable y una atmósfera bien elaborada. Una excelente opción para disfrutar en casa durante estos días. 

La historia nos muestra a Cecilia, una mujer que escapa a hurtadillas de su pareja a mitad de la noche. Pronto se enterará de que él se ha suicidado dejándole únicamente traumas por culpa de una brutal relación tóxica. Sin embargo, las cosas se vuelven escabrosas cuando ella empieza a afirmar, ante el estupor de todos, que su difunto novio está acosándola y que nadie puede verlo. 

Siempre ha resultado interesante la forma en la que el cine logra acercarnos a temas socialmente escabrosos a través de géneros como la fantasía, la ciencia ficción o el terror. Recientemente lo hemos visto con películas como El Legado del Diablo y los núcleos familiares inestables, filmes como ¡Huye! y los problemas raciales o cintas como La Bruja y el fanatismo religioso. 

En esta ocasión Elisabeth Moss lleva todo el peso de esta película y está sublime en su interpretación dentro de un proyecto que aborda de forma inteligente el tema de la violencia de género a través del terror psicológico y la ciencia ficción. Durante cada situación ocurrida en este largometraje seremos testigos de la agresión que vive nuestra protagonista. No sólo por parte de su pareja, a quien jura percibir en todo momento a pesar de que este ha fallecido. También por parte de una sociedad que siempre termina haciendo menos la voz de esta mujer ante la situación de acoso que está viviendo. 


La casa productora Blumhouse logra traer de vuelta de forma favorable a este personaje clásico y lo adapta a nuestros tiempos de un modo bastante atractivo en un posible intento por resucitar a los monstruos clásicos que presentó Universal hace ya más de medio siglo. Todo después del fallido intento por empezar el llamado Dark Universe con La Momia, proyecto que protagonizó Tom Cruise hace algunos años y que fue un completo desastre. 

Este filme promete ser aterrador gracias a su estupendo guion, lleno de giros de tuerca interesantes y con una historia bien planteada que logra mantener al espectador pegado a la butaca debido a la desesperante tensión y a la violencia gráfica que poco a poco irá en ascenso conforme avanza el filme. Un relato que hará que el espectador dude más de una vez sobre lo que está ocurriendo y que termina sorprendiéndolo escena tras escena sin dejar de mantener la tensión. Todo aderezado por una inquietante música que complementa de forma perfecta a la historia. 

No se podía esperar menos de un cineasta tan prometedor como Leigh Whannell, quien además de actuar en películas como Saw y La Noche del Demonio, debutó en la silla de director con la tibia La Noche del Demonio: Capitulo 3 pero logró sorprender al público y a la crítica con la majestuosa película Upgrade: Maquina Asesina.


viernes, 3 de abril de 2020

En Guerra | Reseña

abril 03, 2020 0

Por María Lavanda. 

El director francés, Stéphane Brizé nos involucra en una lucha de poder entre el proletariado y el grupo burgués a partir de una fábrica de autopartes de origen alemán, la cuál, decide cerrar sin más ni más y dejar a un mínimo de 1100 trabajadores sin empleo. A consecuencia de esto, deciden levantar la voz e irse inmediatamente a una huelga exigiendo explicaciones específicamente de los directivos alemanes, puesto que tras una investigación por parte del sindicato formado, descubren que a los socios de la empresa se les subió el sueldo ese mismo año. 

El largometraje te lleva directo al clímax, dando a entender que el punto a analizar no es el por qué se ha cerrado la fábrica sin previo aviso, sino la acción de sus miles de desempleados para exigir una seguridad económica para ellos y sus familias. Laurent (Vincent Lindon) es quien encabeza este movimiento, a través de la investigación, liderazgo y expresión ante los medios masivos. De no ser el actor preferido de Brizé, a quien hemos visto en la mayoría de su filmografía, pensaríamos que es realmente un padre de familia luchando mientras se documenta su actividad verídica. 

Miramos el proceso de Laurent, acompañado de principio a fin todo el movimiento, demostrando lo difícil que es mantener la palabra en cuestión de negocios, así mismo, se observa la ira y descontrol de todos los inconformes, las expresiones de rabia y argumentos por el cual pelean ante esta injusticia, cómo es que eso se convierte en rabietas, empujones y golpes, para llegar a lo peor, la intervención de la policía armada, tratando a los manifestantes como pedazos de madera vieja. 

A pesar del descontento actual contra la burguesía, la cual ha sobrevivido a través de los años, se considera de reflexión y empatía. Donde observamos la continua lucha de cientos de personas por no perder su fuente de ingresos, que sean quien sean, o el puesto que tengan, tienen los argumentos suficientes para saber cómo opera su empresa, lo que hay detrás y lo que se genera, incluso saben, que su sueldo no es el que merecen. 


La deshumanización reconocida es el primer paso para crear una fuerza de trabajadores mostrándonos el proceso de huelga, el diálogo, el materialismo, por otra parte, observamos también (algo que ya sabemos es real y pasa en todo momento), la importancia vana que los grandes socios, e incluso ministro del estado le dan a estas situaciones, mismas que pasan a cada rato. 

¿Cuál es la diferencia? A pesar de ser un pueblo alienado (Karl Marx) y consciente de ello, llega este límite, donde ellos pensando que algún día serían recompensados por esas horas extras que nunca reclamaron, por esas horas de comida que no tomaron, en vez de eso, se quedan sin trabajo, sin importar si tienen familia, si tienen edad para trabajar o no, etc, miles de historias que se las ven igual de negras en el mismo escenario. 

Retomando el punto de empatía y por el cual se valora el trabajo fílmico de Brizé, es por mostrar a la sociedad actual el esfuerzo que requiere alzar la voz. No es simplemente llegar a destrozar monumentos públicos, rayar o simplemente dejar de ir a trabajar… es un sacrificio que requiere de investigación, unión, resistencia, e incluso, un gran análisis crítico que mantenga tu ideología firme, sea cual sea. 

Tener esta oportunidad de ver cómo se viven estas injusticias desde dentro, nos demuestra que es momento de analizar nuestras alienación como sociedad y preguntarnos si hemos tirado hacia el lado correcto, si lo que buscamos defender son nuestros intereses personales y de sociedad.

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