lunes, 9 de julio de 2018

SONATA DE OTOÑO. Soledad, degradación y muerte | Reseña



Por Carolina García

A 100 años del nacimiento de un inmortal, Casa de arte Cinemex, Cineteca Nacional y Cátedra Ingmar Bergman impartida por la UNAM consagraron el cine del director sueco para vestir y traer hasta las salas del cine mexicano diez de sus rodajes. Sonata de Otoño formará parte de la programación, a lado de Gritos y susurros, para el mes de julio disponible en los recintos ya mencionados.

Madre e hija (…) destrucción (…) como si nunca se hubiese cortado el cordón umbilical (Sonata de Otoño, 1978: Dir. Ingmar Bergman)

Abandono encubierto con cariño, falsedad del origen, una mujer saliendo de las entrañas de otra, sangre de madre derramada al borde de un piano tocado por Charlotte, personaje protagonista encarnado por Ingrid Bergman.

Al son de un tinte sueco acompañado de Bach, Brahms y Beethoven, Eva, interpretada por Liv Ullman, envía letras plasmadas en hojas blancas a su madre Charlotte, pues durante siete años se ha embriagado de conciertos impartidos a través de un instrumento de percusión que emite bellas melodías a través de su teclado, el piano, sin verse durante ese largo periodo.

Un amueblado café, un vestido naranja ladrillo y verdes salpicados en otros tantos objetos, son algunos de los componentes del escaparate llamado felicidad, vivido infelizmente por Eva y su esposo Viktor (Halvar Björk), residiendo en la vicaría pastoral cuando llega Charlotte, sin saber que en casa también se alberga su otra hija, Helena (Lena Nyman), aparentemente enferma por algún padecimiento como esclerosis múltiple, sin saberlo con certeza en momento alguno de la película.


La nombrada como la primera mujer que habitó el mundo, nacida de la costilla de Adán según la biblia cristiana, Eva se compadece de sí misma y se sitúa como la victima de la historia cuando en la primera noche de haber llegado su madre, se enfrentan por las cicatrices del pasado que irrumpieron su vida, mientras que Charlotte se observa como la mera representación de la farsa a escena por sus movimientos que extenúan un exagero de la acción, contrario de lo que proyectan sus dos hijas.

Envuelta en colores puramente cálidos, con la disparidad del ambiente frío en el que cohabitan la recién llegada Charlotte, y Eva, Sonata de Otoño atiborra los 99 minutos de rodaje en diálogos incesantes por parte de las dos protagonistas, quienes desatan su furia madre e hija.

Mi peor obstáculo es que no sé quién soy, una de las primeras líneas con las que el relato da pie al colapso familiar. La rabia desatada en la noche del enfrentamiento liberó a una Eva con identidad, el odio por el daño emocional que causó en su infancia pudo, finalmente, vencerlo y renacer.

Para este filme, vemos a un Bergman que deshace su propio cine, tomando como referencia Persona del 66, 12 años atrás, con una cinta monocromática a blanco y negro, rodada a 85 minutos donde participa Ullman, pero esta vez sin diálogo alguno, mientras su protagonista Bibi Andersson vuelve loca tras el desespero por la falta del habla de la coprotagonista. Es fascinante observar a un mismo director a través de dos miradas, de dos contrastes fuera de la tendenciosa repetición de estilo por un alabo anterior.  

Descrito como el cineasta que reinventó el lenguaje cinematográfico, aquél que no es para todos, jugó con el desasosiego de una madre que jamás tomó el papel de serlo, repudiando a una de sus hijas por estar enferma, sin la hipocresía de detenerse a cuidarla por compasión, por qué no se muere, dice Charlotte. ¿Por qué pasmar su vida y tirarla a cambio de velar por una niña? Pero, ¿qué madre lo haría? Una que, en vez de ocuparse por su sangre, se ocupó de su imagen. Con un matiz cruel y humano que retrata una infancia rota, una mujer realizada en el arte, pero emocionalmente lisiada y a un matrimonio muerto a causa de la degradación de la soledad.

Trailer 
Retrospectiva




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