sábado, 7 de julio de 2018

Un Final Feliz (Happy End) | Reseña



Por Diego Rodmor.

Una película del cineasta austriaco Michael Haneke siempre va a ser un acontecimiento. Su cine se ha caracterizado por esa crudeza visual producida siempre por un plano fijo en el que se cuestiona a la naturaleza humana desde su lado más perverso.

Autor imprescindible del cine europeo de este siglo, sus películas han logrado establecer un diálogo interesante e íntimo con el espectador. Haneke respeta a aquellos que están dispuestos a ver su cine y con ellos establece un debate a través de sus relatos. La experiencia suele generar una sensación perturbadora pero al mismo tiempo gratificante. Aquellas preguntas se van con uno, en un conflicto interno que permanece por un tiempo azaroso. Sumergirse de nueva cuenta en una película de este director que ya ha sido explorada con anterioridad resulta necesario para intentar encontrar esas respuestas que uno trató de buscar durante aquella primera reflexión.

Un Final Feliz (Happy End), su más reciente filme, recupera todas esas obsesiones que ha tratado de explorar en su filmografía. La película nos presenta a una familia de la burguesía francesa contemporánea que posee una empresa cerca de un campamento en el que viven miles de refugiados. Poco a poco iremos descubriendo los demonios que esconden al explorar con esa mirada voyerista las diferentes situaciones personales que van despedazando a cada uno de los integrantes que conforman esta familia.

La complejidad de este trabajo radica en el extenso panorama que el austríaco pretende abordar. Infidelidades, tragedias laborales, intentos de suicidio, agresiones físicas, confesiones brutales, temas que hemos visto ya a lo largo de la obra de Michael Haneke, esta vez desfilan en una armonía admirable, trágica, sofocante, estupenda. Todo un deleite cinematográfico aderezado con un discreto toque de humor negro.


Al final la sensación que deja es de ambigüedad y quizá ese sea un punto que haga inferior a este largometraje si lo comparamos con películas como La Pianista, El Listón Blanco o Amour. Sin embargo este laberinto fílmico es absorbente, disfrutable y bastante intenso. Una especie de auto homenaje elaborado por el austriaco.

Por otro lado, la película cuenta con un fascinante cuadro de actores entre los que destacan la siempre admirable Isabelle Huppert, un correcto Mathieu Kassovitz, un interesante Toby Jones y un extraordinario Jean-Louis Trintignant, este último retomando el personaje que interpretó en la magistral cinta Amour y explorándolo de nueva cuenta en esta especie de secuela de aquel filme ganador del Oscar en la categoría de Mejor Película Extranjera. También destaca la pequeña Fantine Harduin, sorpresa grata y quien nos acompaña a través de este laberinto encarnando a una joven inquieta, fría, reflejo quizá de una generación occidental en decadencia.

La implementación de la tecnología como parte de la estructura narrativa es más notoria en este proyecto cinematográfico. La era digital está ahí y su influencia en la vida de los personajes es evidente. Secuencias filmadas con celulares, sentimientos que encuentran su desahogo en las redes sociales, escenas de diálogos en Facebook o fragmentos de vídeos de YouTubers forman una parte importante de la película intentando reiterar esa decadencia que Haneke pretende mostrar.

El austriaco no decepciona al presentar este rompecabezas que a pesar de no ser su mejor trabajo explora todas las obsesiones que siempre lo han inquietado. Es absorbente, crudo, impactante y lleno de estupendas actuaciones. Sin duda alguna y como mencioné anteriormente, al igual que los trabajos anteriores de Michael Haneke, Un Final Feliz es todo un acontecimiento cinematográfico.

Trailer



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