lunes, 20 de agosto de 2018

El Castillo de la Pureza | Opinión



Por Eduardo León.

En plena época de “paz, orden y progreso”, ante la ideología afrancesada del entonces presidente Porfirio Díaz, en 1895 el “cinematógrafo” de los Hermanos Lumiere llegó a terreno mexicano. Luego de haber sido apreciado por las retinas privilegiadas, meses después, el 15 de agosto de 1896, se exhibe la primera función pública de las llamadas vistas (proyecciones breves) cuyos títulos eran La llegada del tren o La salida de los obreros de la fábrica, por mencionar algunos.

122 años de harta historia, desarrollo, apogeo, inventivas, crisis y recomposición fílmica, el pasado miércoles 15 de agosto se celebró el Día Nacional Del Cine Mexicano. Y vaya modo de rememoración, que haber exhibido valiosos largometrajes como: Temporada de Patos (2004), Canoa (1976), Cabeza de Vaca (1990), Perfume de Violetas (2001), Tempestad (2016) o El Castillo de la Pureza (1973).

Éste último título, producido en la década de los setenta en el sexenio de Luis Echeverría Álvarez. Periodo en que el Estado intentaba limpiar la aberrante represión del 68 mediante el incentivo y la apertura de cine de argumento para la época. El entonces treintañero Arturo Ripstein, hijo del productor Alfredo Ripstein Jr., en aquel contexto dirige su cuarta obra, bajo el sostén literario de José Emilio Pacheco, bautizada como El Castillo de la Pureza.

Protagonizada por los finados Claudio Brook, Rita Macedo; Arturo Beristáin, una joven Diana Bracho y Gladys Bermejo, el largometraje está basado en sucesos verídicos que acontecieron en 1950. La trama palpita en el interior de un decaído edificio ubicado en la Ciudad de México, en donde  Gabriel (Brook) mantiene en cautiverio a su esposa e hijos; Beatriz (Macedo), Porvenir (Beristáin), Utopía (Bracho) y Voluntad (Bermejo).

Aislándolos del mundo simbólico, la porquería, la incesante reproducción y la enfermiza urbe, Gabriel se dedica a vender insecticida a los comercios citadinos e instruye estrictamente a su familia dentro de su morada. Su tranquilidad  se retuerce cuando sus descendientes empiezan a cuestionarse sobre la existencia en el exterior, a su vez que recorren el libertino tramo de la adolescencia.


Mientras un aguacero envolvía la sala de la Cineteca Nacional, una tormenta de igual magnitud nos daba la bienvenida en el primer encuadre de la película. Recorriendo el infinito inmueble ubicado en Donceles 99, Ripstein juega con la dimensión de la locación; ejecuta sutiles movimientos de cámara y toma nuestra atención para atravesarla por un montaje detallista que enmarca el entorno consanguíneo de la cinta.

Y estos recursos se vuelven muy disfrutables. Abastecen de una particularidad visualmente estética, inherente a la propuesta Ripsteiniana. Ante estos detalles, la cotidianidad e intimidad recreativa y psicológica de los personajes, se ven profundizados por la solemne ejecución interpretativa de los talentos protagónicos.

El guión, articulado por el seso de José Emilio Pacheco, mantiene un ritmo narrativo retórico, que se toma el tiempo oportuno para precisar el desdoble dramático de los protagonistas dentro de su espacio-conflicto. Arturo Ripstein se despreocupa en hurgar dentro de la psicología de Gabriel y su violencia disfrazada de afecto; en la sumisa postura de su conyugue; ni mucho menos en el inconsciente de los jóvenes.

De manera perspicaz, el cineasta mexicano, posiciona en pantalla lo necesario para causar desconcierto, degustar la película y estimular la póstuma reflexión. Sin embargo, algunos asistentes no pudieron cohibir sus risitas ante unos diálogos bastante estremecedores dentro del largometraje. Aquello en primera instancia me absorbió fuera de la experiencia y me hizo preocuparme sobre si la intención de Arturo Ripstein, no se estaba transmitiendo adecuadamente.

Comencé a cuestionar las interpretaciones, discursos, intenciones; el clímax y el cierre de la historia, para llegar a concluir que El Castillo de la Pureza continúa siendo una obra distintiva del cine mexicano por su enfermizo, violento e implícito argumento social, abrazado de la preciosidad en su imagen y su repertorio artístico. Una película que probablemente se atora en algunas acciones inverosímiles de los implicados, pero que sin duda alguna es un producto imprescindible para el acervo referencial, del sujeto extraviado en el ensueño llamado cine.

La película competirá en el próximo Festival de Cine de Venecia 2018 por el Premio Venezia Classici a la Mejor Película Restaurada.


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