viernes, 7 de diciembre de 2018

Guerra Fría (Cold War) | Reseña


Por Carolina García.

Con una huella en la antesala aterciopelada color carmesí del Festival Internacional de Cine de Morelia, abarrotada en taquilla, con escaleras cubiertas de personas al piso, la cinta del galardonado por los Oscar en la categoría de Mejor Película Extranjera (2015), Pawel Pawlikowski, desfila por México nuevamente dentro de la 65° Muestra Internacional de Cine.

El rodaje filmado a 88 minutos cuenta la degradación amorosa entre un par de artistas, Zula (Joanna Kulig) y Víctor (Tomasz Kot), sufridos por los estragos de la Polonia en 1949. El punto de encuentro yace entre el compositor y una idea por crear arte popular a partir de la formación de un coro, reuniendo a jóvenes campesinos de origen polaco sureño. 

El desarrollo, un cuadro en bocanadas humeantes de aparente olor a tabaco, enormes tragos de alcohol directo al esófago, vicio al acecho humano entre música, evocado en amor, el amor al que ya hemos visto en arte, dibujado de frente, a tres cuartos, por encima y desde adentro, el relato que no nos cansa, Cold War, metraje al monocromo contado a capítulos por el desaliñado conflicto seguido de la Segunda Guerra Mundial.


En el margen, el contexto social, de decadencia, la llamada por levantar un país al quebrante por el posconflicto armado aunado al no armado, desatado entre el Occidente y la Unión Soviética.  Giros entre Polonia, Berlín, Varsovia, Polonia, ciudades etiquetadas en años comprendidos del 49 al 59, que hace hincapié a la posguerra, trazan la unión para la digestión fílmica del que mira a través de su pantalla.

Joanna Kulig entraña en los poros de una mujer con envoltura de astucia, desenvuelta en el éter artístico por su voz, caída en el desdén del alcohol como inyección anestésica, mientras que Kot, encarna al músico del cigarro, enamorado del París en mezcla con la pasión, sin miedos visibles. La personificación de Zula y Víctor configuran un escenario de contrarios atraídos entre sí.  

Sin pretensiones estéticas, fuera de intentos por mantener un cuadro sin intención, con la mera satisfacción del roce emocional en el espectador, Lukasz Zal, embriaga con planos bien dosificados entre generales, para luego, darlos a detalle.

La película acreedora a Mejor Dirección en el Festival de Cannes, narra un desgaste histórico reprochado entre los habitantes de quienes lo vivieron, describe un brusco y nocivo derrame de querer estancado entre dos artistas amantes de su arte, amantes de sí y amantes del uno al otro.

Trailer



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