sábado, 23 de febrero de 2019

ROMA | Crítica




Por Diana Mejía. 

Roma es la nueva cinta del director mexicano Alfonso Cuarón, quien en esta ocasión escribe, edita y fotografía la película ambientada en el México de los años 70, una época que vería continuada la turbulencia política del país. Es ante este contexto que se desenvuelve la historia de Cleo (Yalitza Aparicio), una empleada doméstica de un hogar de clase media en la colonia Roma de la Ciudad de México.

Para esta cinta, Cuarón recurre a un elenco mezclado entre actores mexicanos de trayectoria y no actores, siguiendo la fuerte referencia con la que cuenta la película del neorrealismo italiano, principalmente a la hora de retratar la vida cotidiana lo más fielmente posible. 

En este sentido la propuesta de la película va de la mano con su naturaleza de cine de autor, una estética un tanto distanciada del espectador. Sus movimientos de cámara, valores de plano y puesta en escena nos habla de la profunda subjetividad con la que está permeada, donde el puente entre la ficción y el espectador nunca se construye, nunca se intenta acercar ni apelar (de ahí que no haya música ni close ups constantes) sino que la distancia nos sirve para recordar que estamos observando las vivencias añejadas de alguien que las reconstruye como las recuerda. Esto, entremezclado con un fuerte discurso social, se convierte en el corazón de la película, personificado por Cleo, la indígena oaxaqueña que nutre a la familia para la que trabaja. 


Cleo convierte en tangible lo intangible, tanto de las ideologías mexicanas como de los sentimientos de todo un país en una de las épocas más conflictivas de su historia, narrada inteligentemente a través de momentos que logran balancear el conflicto de su vida personal con el estallido contextual paralelo. 

Si bien Cleo es nuestra guía a través del recorrido memorial de la infancia de Cuarón, los demás elementos caen, por momentos, ante la carga semiótica de cada cuadro, delimitando aún más fuertemente la línea donde Cuaron decide que ese territorio existe para el y solamente para el. 

Ciertamente el cine de autor no le tiene el compromiso al público que le tiene un cine más comercial, pero ensimismar la narrativa de la película recorta a los personajes a voceros sentimentales al servicio de todos menos de sí mismos, por ende una no actriz funcionó perfectamente como ducto para lo que representa la protagonista, más allá de necesitar a una protagonista que funcionara para y por si misma. 


Esto también afecta el ritmo de la narrativa, pues los momentos más abiertamente expresivos se resguardan para los giros agudos de la trama, creando una proporción que da la sensación de estrechez cuando esos picos caen y descansan. Claro está que estos lapsos no son vacíos, todo lo contrario, sino que se asigna la tarea al espectador de navegar el mar de símbolos en el diseño de producción para discernir lo que es o no relevante a la trama balanceado con lo que tiene el propósito (firme e igual de importante) de ambientar.

Y es que eso es Roma, un recuerdo, un momento, un ambiente navegado cuyo discurso tiene sus raíces en el pasado pero sus ojos puestos al presente. No es necesario un planteamiento a largo plazo, sino que el espectador tiene su obligación al momento, de sentirlo y de vivirlo como Cuarón alguna vez lo hizo.

Roma es una carta de amor a las personas que la crearon indirectamente y como buena carta de amor no necesita explicarse a sí misma, solo materializar aquello tan complicado de justificar, con belleza, con sutileza, con el alma en cada cuadro.

Trailer





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